k-minos

que se me presentan en sendas claras y rectas o como laberintos dependiendo de los días

Divagación del viaje y las preguntas

[Atardecer en uno de los canales del Delta del Okavango - Botswana]

Uno viaja y de repente se encuentra en un sitio inimaginable. Inimaginable porque uno nunca previó el portento que ejercería sobre uno. El portento de preguntarse, por ejemplo, cómo es posible la maravilla de una luna en el atardecer naranja y rosa de este delta y que pueda atestiguarlo. Sí, el portento de las preguntas que afloran del asombro ante el encanto del mundo, ante la belleza al alcance de la mano que tantas veces nos empeñamos en ignorar.

Esta brisa en el Okavango pudiera ser la que viene todos los días a golpe de 5 y media de la tarde por el corredor de viento desde el Este atravesando Caracas. La brisa que se lleva la contaminación del aire todos los días. La que me trae los recuerdos de niñez en el jardín de casa de mamá en Los Dos Caminos.

Pienso en el olor a monte fresco al amanecer que no es otro sino el olor del llano húmedo despertando con el ulular de las palomas y la algarabía de los demás pájaros que se aprestan a iniciar el día. El llano de otras tantas memorias.

En las preguntas consigo la ubicuidad y la epifanía. Las respuestas son redundantes del asombro que quisiera eterno.

[El ocaso ya muriendo - Delta del Okavango, Botswana]

Me encuentro donde me encuentro.
No pierdo el horizonte.
Viene a mí con cada amanecer
y se queda impreso en el ocaso.
La noche es la misma siempre,
sin latitud ni longitud.
En ella habito.
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Abriles

Tengo muchos abriles.

El abril de mi cumpleaños.

El abril del cumpleaños de papá.

El abril de fecha patria, de tarea y acto en la escuela.

El abril de la canción, The girl with April in her eyes, que me dedicaran con amor.

El abril de un casi infarto de papá.

El abril del asesinato de, en ese entonces, novio de mi hermana.

El abril de la noticia del cáncer de papá.

El abril de su muerte dos años después.

El abril de no querer celebración de cumpleaños, por años.

El abril de viajes, para evadir la tristeza de los aniversarios.

El abril del nuevo año bengalí, en Bangladesh.

El abril que marca mi calendario con antes y después.

Abriles que fueron.

Abriles que anticipo y no sé.

Sol mercúreo

solmercureo.jpg

No hay cómo curarse del Apocalipsis.

Un día el sol será nuestra muerte

No habrá esperanza de mañana

El futuro una enfermedad incurable

dolorosa

extenuante

eterna

Hay días

Hay días en que el mundo deja de existir.

Son días en que la realidad se trastoca en una escenografía de acuario y gelatina, y el movimiento es un continuo y lento retorno. En esos días, las noticias resbalan en uno y se escurren debajo de la puerta para salir y no volver. No hay nada que dé calor a las emociones ni nada que importe sino la circunstancia interior, que en esos días en particular, es inamovible.

A veces,
la soledad
te pasa por al lado
y te roza
con levedad,
pero terminante
y su toque aunque breve
te embiste
y acorrala
como una bestia
hambrienta.
Te deja fría
el alma
siempre
sin escape

La otra luna

Así como hay atardeceres mercúreos en Dhaka,
hoy la luna anda a medias y está guerrera.
Naranja en medio de un cielo negro sin estrellas,
denso como todos los cielos de Dhaka.

Está asomada como una sonrisa sin rostro,
o como un último molusco en un mar de pesadilla.

Los cielos más raros los he visto acá.
Los más extranjeros.

Pero la luna era la misma hermana de siempre.

Hoy es extraña.

No es la luna terrícola acostumbrada,
plateada y mística,
flotante.

La de esta medianoche está incrustada en la oscuridad con luz ominosa.

No sabía que la luna pudiera ser otra.

Cápsula de tiempo

Estoy en – cerrada.

He perdido la luna.

Mi vista no tiene ventana
donde perderse
en otra vida,
la de afuera
que indiferente a mí
no cesa,
ni duda,
ni cuestiona
su propósito.

En esta cápsula
no hay noche,
ni día.

La bombilla suple,
pero no engaña
el sentido
de las horas…

El suiche no funciona
con el tiempo infernal.

Cuestión de fe

En desaliento
murmuré la plegaria
una y otra vez.

Y he aquí el milagro
de haber sido contestada
pocos días después.

Pensé ¡qué suerte!
y luego recordé
que fue un estertor de fe
lo que me hizo rezar vehemente.

Y es que a veces la fe
es una conveniencia.

Una lágrima

A veces uno se esconde
para soltar una lágrima
Quizás más de una,
en el ambiguo amparo de la soledad
de una esquina perdida de la casa
o en el refugio del baño
testigo de tanto esplendor y miseria,
del cuerpo y del alma

Una lágrima o más de una,
de las tristezas secretas,
presentes,
antiguas,
de miedos
o desconciertos,
de vacíos,
de anhelos,
de plegarias
o ruegos

Una lágrima o
quizás más de una
para asentar la melancolía
y darle su nicho en el alma

Crónica íntima

En estos días he acomodado mi cuarto y de alguna manera he paliado la pequeña crisis en la que me encuentro. Su origen todavía lo desconozco con precisión, pero tengo algunas pistas.

Ahora veo de frente a la ventana, mis pinturas tienen su sitio en un rincón y en otra pared se encuentra la pequeña biblioteca que me puedo permitir en esta vida de gitana. Ya encargué el sofacito para echarme a leer y sustituir la colchoneta en el suelo, y pronto vestiré a la ventana con alguna tela colorida de por estas partes.

Sin embargo, la ventana la tengo que tener abierta. Necesito ver las palmeras bañadas de sol o lavadas por la lluvia como hoy. El graznar de los cuervos me hace compañía y de tanto en tanto les dejo una chuchería en el balcón. Para mí no son agoreros, sino un recordatorio. En estos días también me visitan otra clase de pájaros pequeños y marroncitos que gozan bañándose en la tierrilla de las macetas. He saltado de lectura en lectura buscando palabras que me toquen. Y una que otra me hace alguna cosquilla pero nada de contundencia.

Está lloviendo y ando inquieta.

El centro lo tengo descolocado. Y mientras halla su lugar no puedo sino dejarme llevar por la corriente de los días, cepillarme los dientes, tomar la ducha, vestirme y alistarme para el trabajo, reunirme con las amistades instantáneas que esta vida de trashumante ofrece como un regalo o a veces una lotería. Reír aquí y allá, tomarme un trago, comer rico, regresar a casa y acurrucarme en la seguridad y el amor. Luego más tardecito, entrar de nuevo en mi cuarto, ver hacia el atardecer o la noche según el caso, contemplar las palmeras, dar unos brochazos o teclear algunas palabras… o no.

O no, sencillamente entrar en el cuarto y aposentarme allí en la lucidez del insomnio.
Y esperar.

Esperar.
Ver el tiempo.
Verlo.
Pasar.
Correr.
A tu lado.
A través tuyo.
Dejarte atrás.
Esperar.
Por recordarte.
Por encontrarte.
Por adivinarte.
O quizás por nada
sólo por esperar
por estar
por ver el reloj
por querer una palabra
aún sin inventar
un sentimiento
que no sea antiguo

un conocimiento
que no sea el de siempre
tibio y acostumbrado

El centro está descolocado…
¿Y si sigue en su moldura
seguro y eterno?
A lo mejor, entonces,
son mis periferias las que no encuentran
el dibujo de sus límites
la precisión de una atmósfera
la certeza de una cartografía…