Camino
Camino.
Es un recorrido limpio
Son mis pasos, no otros
los que lo hacen real
Pasos
camino
El mundo sólo gira
dentro de mi cabeza
afuera sólo hay escenarios
Es lo mejor de la vida
uno es su propio teatro
no hay peor pena que la propia
ni mejor felicidad
La vida sigue su paso
y camina, camina sola.
entre 1986 - 1987
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Cuando conseguí este texto y lo leí me dió no un escalofrío pero si como una perplejidad porque de una u otra forma coincidía con la idea intrínseca de este sitio, incluso lo de "camino" era demasiada sincronicidad. Mi ego está aquí en su máximo.
Cada huella
Hoy he encajonado sentimientos,
frustraciones en cada lagrimal.
Cada huella es un golpe
una tristeza que no sale
la palabra está en una encrucijada
no encuentra escape
está atada a la garganta
no hay papel posible que la abrigue
no hay torbellinos mínimos
que ella pueda abarcar
cada huella es un golpe
una tristeza que no sale
4 de julio de 1988
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Con motivo de qué escribí esto no recuerdo.
Lo conseguí en estos días durante una redada en mis carpetas.
Despedida
En estos días he estado despidiéndome de la casa.
Dedico unos minutos diariamente a recorrerla habitación por habitación.
Miro los rincones, los haces de luz que se infiltran por las ventanas, el desgaste del piso, una pequeña hendidura en alguna de las puertas, el polvillo olvidado en una que otra esquina.
Camino arrastrando mi mano por las paredes tratando de dejar impregnada una caricia de cariño y agradecimiento.
Trato de memorizar los ambientes.
Salgo al patio trasero, al jardín. Quiero recordar las plantas, el color de las paredes, los olores, la brisa vespertina que viene del lago, el enjambre de libélulas que a golpe de cinco de la tarde revolotean de a cientos sobre la hierba.
Esas mañanas en que amanecía la casa envuelta de neblina dándole bucolismo europeo a Uganda. Otra mañana mágica, en la que por algún inexplicable fenómeno en unos 500 metros a la redonda, miles de minúsculas arañitas habían tejido miríadas de telas en los montes, cercas de alambre y árboles y que emperladas de rocío brillaban en medio del resplandor matutino al retirarse la calina.
Quiero contar algún día a mis nietos del monito que un día nos visitara, de los chasquidos estridentes de los murciélagos en el tejado, de los limpia-casas en las ventanas, las ranitas al pie de las bombillas en el jardín, de nuestra perra Laika ladrándole a las abejas, y de como la otra, Dara, todos los días sin falta intentaba morderle los talones a Jeliah.
De cómo el gallo nos kikiriqueaba al pie de la ventana tempranito y de cómo terminó en caldo.
De los domingos relentosos echados en cama acurrucados rendidos por el sopor de la tarde...
Esta ha sido por dos años mi casa en Uganda.
Veo el trocito de azul del Lago Victoria desde la cerca y al voltearme y retenerla en mi mirada, la brisa con tibieza me abraza.
Esta noche el rostro del cielo está erosionado.
La luna amarilla encandila a momentos.
Se asoma entre las nubes intermitentemente como un ojo encendido en un rostro anciano y memorioso.
Es noche de luna llena.
El lago brilla inquieto y yo extranjera en esta tierra africana me siento de ninguna parte.
La noche es completa, podría decir telúrica en homenaje a un viejo escritor de mi tierra natal.
Pero es tan solo una noche más de tantas de luna llena.
La noche está allí siempre al final del día.
A veces la notamos a veces no. Yo la olvido a veces también.
Pero otras salgo al jardín o me asomo a la ventana, a respirar el aire fresco, a oír los grillos y sapitos, a ver el cielo, a sentir el frescor nocturno, a imaginar las estrellas y entrar en mi trance secreto con la luna, presente o no.
Esta noche ugandesa podría ser en cualquier otra parte del planeta.
Es una noche como cualquier otra de luna llena.
No vimos a Marte juntos
No vimos a Marte juntos.
Está cerca otra vez como hace 13 años.
No vimos a Marte juntos a pesar de que su luz naranja vino anunciando cambios.
Te fuiste y no nos tomamos el tiempo de verlo juntos.
En estas noches cada vez que salgo al jardín, veo en el cielo esa estrella naranja tan peculiar en este cielo africano y me pregunto si tú estarás haciendo lo mismo en donde te encuentres y si en ese preciso momento piensas en mí extrañándome bajo su luz.
Marte nos une y se impone en este cielo así como en el de hace 13 años.
De alguna manera su luz nos toca.
No vimos a Marte juntos, pero está ahí, cerca, con nosotros otra vez.
Noche en Kampala
Esta noche en Kampala es de luna llena.
Mi jardín está lleno de esa atmósfera lechosa que me fascina cuando el astro femenino se encuentra relumbrante en el cielo.
Parece una noche de mitos sobre brujas, magia, encantamientos...
Historias de vampiros o de hombres lobo en busca de una presa.
Noche cinematográfica de nubes grises que de tanto en tanto ocultan el círculo fluorescente del satélite, pasando raudas unas tras otras, interminables.
Es ritual salir al jardín en noches como ésta y bañarme de luz de luna
en silencio, en paz.
Siento de alguna manera que estoy invocando poderes, dioses, deseos antiguos hoy olvidados pero misteriosamente presentes en esta atmósfera láctea.
Miro la luna y siento poder.
Crezco bañada en plata.
Miro la luna.