Dhaka

De viejos hábitos

Amanecer en caracas

Me encuentro extrañando a Dhaka.
La vista de mi ventana con la palmera meciéndose ante las intemperancias del clima, la melancolía melódica cantada por los trabajadores de construcciones aledañas, el rojo mercúreo del ocaso, el llamado de la oración del muesín en tantos amaneceres de insomnios.

Cuando llegué no salí de un jardín.
Los rayos del sol irrumpían entre las hojas del guayabo, el limonero, las bromelias y los helechos.

Y mientras los veía anhelaba que terminara mi mudanza.
Me he descubierto con vocación de ermitaña luego de 10 años de ausencia.

Diez años construyendo el hábito de estar lejos.
Me pregunto cómo romperé ese hábito de la lejanía.
Si será posible.

Debo encariñarme con la nueva ventana, el paisaje reencontrado y las remembranzas.

Hoy presencié un amanecer espléndido y me pregunto si la mudanza ya terminó. No lo sé. Pero cuando salgo y veo El Ávila recobro la paz.
Es como un mantra visual. Me ancla y me eleva al mismo tiempo. Con sólo verlo todo cae en su lugar y las preocupaciones desaparecen, por lo menos por un rato…
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La excusa de la Eurocopa

Dhaka está calurosa y con cielo triste. Las noticias en la prensa son también bastante tristes. La rutina en Bangladesh está un poco intolerable. Demasiado rutinaria. Lo único que alegra el panorama es la final de la Eurocopa de fútbol de hoy. Me maravilla como el concierto del deporte une y hace olvidar. Luego del juego de esta noche, el resto de la semana volcaremos nuestra atención al tenis de Wimbledon. Y luego vendrán otros eventos del deporte con que distraer nuestra pereza y resignación del día a día. Darnos excusas para reunirnos y alegrarnos con la adrenalina de unas horas de competencia amistosa y gallarda. Y uno agradece estos breves momentos para el  olvido.

La foto es de Luis Rodríguez

Calorón

Llegué a Dhaka hace una semana y ya estoy que me quiero ir de nuevo. Por el calor. Ha llegado a 42 y 45 grados centígrados según dicen. Pero las temperaturas que me constan son de 37 grados y pico a la sombra y 40 casi 41 fuera de ella (tenemos termómetro en casa). Y el problema no es tanto la temperatura sino la combinación con la presión atmosférica y la humedad que hace que uno se sienta en un sauna. Aunadas al calor hay continuas fallas de la energía. Ayer tuvimos 6 apagones de cerca de una hora cada uno. Hoy en lo que va de mañana llevamos 3. Uno está preparado y tiene una unidad de UPS para mantener la computadora, la tele y algunas luces encendidas por un par de horas, pero la tragedia es no tener aire acondicionado en este calorón.

Es impresionante como el cuerpo reacciona a estas subidas de temperatura. He estado ya tres días continuos con una pequeña fiebre. Todo el mundo anda con su botellita de agua, porque en un descuido puede darle a uno un heat stroke con el cual morirse de calor deja de ser una metáfora.

Si por lo menos el sol brillara pero el cielo está gris y cubierto y la sensación de baño de vapor es más contundente. Uno desea lluvia porque siente que está en una olla de presión donde lo cocinado es uno. Y este agobio sumado a la suciedad de la ciudad y su contaminación hace todo menos soportable. Ayer vi en la tele que Dhaka es la segunda ciudad más sucia del mundo, luego de Beijing.

La lluvia alivia y refresca. Es lo que también otorga melancolía a Bangladesh. La añoranza de su pasado esplendoroso. La nostalgia por una posibilidad de país que los esquiva, porque los problemas son graves y cuesta arriba de superar. Pobreza, ambiente, política, derechos, entre un largo etcétera y envueltos en calor.

El calor dificulta todo. No sólo vivir, sino pensar. No digo que los problemas de Bangladesh se deban al calor o que no se resuelven por él pero seguro contribuye a hacer difíciles las cosas. La demanda de electricidad sube a niveles insostenibles para encender aires acondicionados y ventiladores  y de allí los apagones. Luego sufre la industria, sufre la gente. Todo se vuelve lento. Y uno lo vive, uno empieza a vivir como si se moviera bajo el agua, tratando de dominar la resistencia de la atmósfera a todo desplazamiento.

Rumba en Dhaka

Bueno, si algo no me esperaba en Dhaka era tener rumbas a lo latino en casas que no lo fueran.
La de ayer estuvo buenísima. Habib el anfritrión es de Kenya de origen indio. Mombasa para ser más precisa y es ismaelí. Cuando lo conocimos fue la gran grata sorpresa porque conocía gente que son amigos nuestros de Uganda y Kenya y además es un enamorado de la salsa y todo lo latino.
Su casa se llama Casa Loca. Está decorada como el famoso Buddha Bar.
Por supuesto el grupo hispano somos los que prendemos la cosa al ritmo de Carlos Vives, Chayanne, Juan Luis Guerra, Celia, Gypsy Kings, Oscar de León, etc. Paula de Colombia; Edgar y Julio de Guatemala; Josep de Catalunya; Carmen, Mercedes y Laura de España; Lino y Kira de Venezuela hemos acaparado la pista. Nadie se imaginaría que estamos en pleno Ramadán y en medio de Bangladesh. El resto de los invitados bangladeshis, indios, franceses, canadienses, suecos, italianos, franceses, etc.
Conocí a un canadiense de origen libanés cuyo padre mandó a su hermano menor hace cincuenta años a Maracaibo y se radicó allí para nunca más volver al Líbano. Ricardo Aboud es el nombre.
Le preguntaré a Mildred, también maracucha a ver si lo conoce de referencia y se cumple lo de los seis grados de separación en este caso.
El mundo de repente se encoge cuando se está tan lejos y las conversaciones y los pensamientos siempre nos llevan de vuelta a nuestra patria.
En medio de la bailada suena Moliendo café version techno… Qué nostalgia en medio de la rumba, pero nos la bailamos…

Viendo llover en Dhaka como si fuera Macondo

Vista de uno de los lagos de Gulshan en Dhaka en un día de lluvia

La lluvia se anunció el viernes en la noche con un aguacero torrencial pero corto, y desde el día siguiente como a las 10 de la mañana hasta el martes en la tarde no paró de llover. Siguió lloviendo desde entonces con brevísimas interrupciones hasta el jueves. La lluvia fue bienvenida el sábado por el calor que venía haciendo. Fue una lluvia sostenida que luego de unas horas nos empezó a inquietar el espíritu.

Amanecimos el domingo con el ruido del viento y el agua entreverados en la ventana. Durante todo el día chequeaba cada hora el pequeño lago del parque vecino. El lunes en la mañana no había lago ni parque ni calle sino mar que seguía subiendo para el martes y para el miércoles los periódicos mostraban el producto de la pesca lograda por algunos en sus jardines y patios traseros: desde las pequeñas especies locales hasta enormes ejemplares de bagres de la variedad africana introducida hace unos años.

La lluvia refrescó el agobiante calor que precedió los días a este diluvio pero la humedad en el aire que no bajaba de 90% hacía sentir la garganta irritada y las vías respiratorias congestionadas como el prólogo a una repentina involución: desarrollar branquias para abrazar de una vez la acuosidad del entorno.

En medio del monótono ruido del agua cayendo, oí a un niño llorar a todo pulmón. La mujer que vive en el ranchito de la construcción de al lado, le daba un baño helado bajo la lluvia al hijo que enjabonado y tiritando, gritaba. El grito del absurdo de recibir agua en la cabeza proveniente de un tobo en el suelo y otra agua mandada por Dios desde el cielo, de recibir agua parado con la planta del pie apoyada en la tierra pero sumergida en más agua que llegaba a la mitad de la pierna. La escena era casi un paroxismo de higiene y limpieza. Pero no, este país sin nada para aliviar las aguas de desecho sino acequias expuestas, hace que la insalubridad se democratice con los diluvios. Lo que cae del cielo se mezcla con lo que medra en la tierra y se convierte en la posibilidad de una tragedia de proporciones bíblicas si no fuera este un país musulmán. Esta madre de al lado lo sabe bien y restriega con ahínco al hijo.

Los rickshaws tan repudiados y criticados por los locales porque interrumpen el tráfico y hacen frenar las poderosas máquinas de sus carros brillantes y pulidos en tiempos de calor, se convirtieron en los transportes salvavidas de los varados en medio del agua o para cruzar a la gente de un lado a otro de las avenidas fluviales que separaron, en la hora, edificios unos de otros.

La gente se resistió a la dictadura del agua tratando de llevar la rutina de cualquier forma. Niños siguieron yendo a la escuela nadando, vadeando, o en balsitas improvisadas con pedazos de anime industrial, mujeres con la compra del mercado apoyada en la cabeza se desplazaron como espectros marinos envueltas en sus saris empapados y el agua a la cintura, ejecutivos asistieron a sus reuniones envueltos en bolsas plásticas azules montados en rickshaws.

Para los pobres el ejercicio consistió en mudar sus viviendas precarias de las orillas de los lagos: cuatro palos con un techo de zinc o palma y una plataforma de madera por piso, teniendo por paredes más palma o láminas de bolsa plástica. Poco a poco las avenidas altas que aún no estaban sumergidas se fueron poblando en las aceras convirtiéndose en extrañas galerías donde la miseria se exhibió sin pudor. Al parar la lluvia y bajar el agua, como vinieron se fueron, cansinamente de vuelta a la vera de alguno de los lagos a seguir sus vidas de sobrevivencia y miseria.

A principios de agosto llegaron las inundaciones de la India y el Nepal desde las montañas de los Himalayas. Bangladesh es el desaguadero natural de los ríos Ganges y Bramaputra que bajan desde allá pasando por la India. Las lluvias y el deshielo de las cumbres trajeron destrucción y muerte. Se llevaron gente y cultivos. La resistencia blindada por una resignación de mil años a los tratos de este paisaje, le facilita a la gente enterrar a sus muertos, reconstruir las casas y renovar los cultivos. En esos días de nuevo se vieron golpeados por el agua.

A pesar de que solo vi caer la lluvia tras las rejas de la ventana, en mis rondas circulares, en mis bronquios que deseaban ser branquias, en la tristeza y sopor que empezaban a solaparse con los tiempos mentales y reales, empecé a sentirme como la Isabel de García Márquez viendo llover en Macondo. A preguntarme si lo que sentía encerrada viendo el agua caer era como se está en la muerte, porque afuera, a pesar del agua, la vida continuaba en el niño nadando a la escuela, la madre lavando al hijo de mojarse en lluvia, el vecino de la balsa improvisada para navegar a su trabajo, el chofer de rickshaw dejando surcos sin huella para trasladar a sus pasajeros en medio de la hecatombe pluviométrica.

Sí, ver llover en Dhaka se podía sentir como ver llover en Macondo desde la casa, volverse Isabel y preguntarse si es así como se está en la muerte. Entre la cortina de agua de la lluvia se me presentó fugaz una revelación sobre la vida para luego escurrirse y desaparecer por siempre. No la pude aprehender. No sé si sólo fue que la soñé o es una de esas intuiciones que se olvidan sin mucha conciencia.

Así como empezó, de repente paró de llover. Proseguí vigilante las rondas de ventana en ventana y pude notar el escape paulatino del agua. De un día para otro se fue al mar por la maraña de ríos de esta Venecia asiática que es Dhaka, este delta gigante que es Bangladesh. No quedaron evidencias de lo pasado aparte de algunos peces chapoteando en medio de charcos en la calle. Apenas unos días después todo parece haber sido un ensueño sacado de un cuento leído entre vigilias.
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*rickshaw: vehículo de tracción humana que consiste en una suerte de triciclo con un compartimiento trasero para dos pasajeros.

Publicado en http://www.elmeollo.net/meollo/detalle.php?idc=1&ida=106

k-minos

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